sábado, 30 de abril de 2011

MANUSCRITO


Últimamente escribo poco porque leo mucho.  A pesar de mi condición femenina, no hago ambas cosas a la vez: o leo, o escribo.  Así soy yo.

Lo que tiene de bueno esta especie de segregación de tareas es que cuando se termina con una, se empieza la otra con más ganas.  Así, con cada cosa aprendida o cada interpretación de uno o varios personajes novelísticos, la tinta empieza a fluir para quedarse aquí, en el papel.  Más privado y más mío porque es mi brazo biónico el que se queja de esta nueva manía que me ha dado con lo del manuscrito.

A lo mejor, la culpa de todo la tiene mi forma de escribir.  Me gusta apoyar fuertemente el bolígrafo contra el papel, para que no se me escapen las palabras y para que el trazo de mi letra no desvele la debilidad de mi pulso usualmente acelerado.  Y claro, mis dedos le piden ayuda a mi muñeca que a su vez reclama potencia al codo que ya ha tenido bastante con su jornada de rehabilitación del día de hoy.

Así que ahora mismo suelto el boli, el papel y me pongo a leer.  A lo mejor así descubro que, en realidad, escribo menos simplemente porque me cansa más.

jueves, 28 de abril de 2011

TORMENTA MUSICALIZADA

Me encantan las primeras tormentas de la primavera.  El olor a tierra mojada por el camino hacia el trabajo y la seguridad de que pronto llegará la lluvia donde yo esté, dan sensación de purificación.

Nada mejor que ver la tormenta desde la ventana escuchando buena música...

martes, 26 de abril de 2011

OLOR A LOLINDIR

Los recuerdos tienen el poder de la difuminación y así, se convierten en sabores, colores, olores… sensaciones.  Pero sobre todo: olores.

Mi primer recuerdo sensitivo se remonta a mi temprana infancia: olor a hierba segada mezclada con excremento de vaca. Así recordaba yo el pirineo mientras habitaba allá en Suramérica. El sabor a cominos y frutas dulces con final casi amargo, me recuerda a mi adorada Venezuela. También el olor a mar y la sensación pegajosa del calor húmedo.

El hospital, para mí, huele a lavandería. Es el olor de sus sábanas lo que me le trae a la memoria. Así, para mí, el abrigo recién sacado de la tintorería huele a hospital.

El olor a tierra mezclada con sudor, me recuerda al primer amor ese que siempre estaba en contacto con la tierra ya fuera por trabajo, ya fuera por acompañarme a las alturas de nuestro pirineo: el que tanto nos encontró y desencontró.

Hay un olor particular, uno que cada vez disfruto más: el olor a Lolindir, mejor dicho, el olor de la casa de Lolindir. Es un olor que me recuerda muchas cosas no lejanas pero ciertamente pasadas. Recuerdos de alegrías, música, baile, descanso, paz, confidencias y sobre todo, para mí, se ha convertido en olor a abrazo: ese abrazo amigo que te dice “no estás sola”, te acoge y embelesa procurando dificultad a la partida. Partida que al final resulta dulce porque no hay nada mejor que tener un motivo para volver, aunque sólo sea por cuestión olfativa.

¡Hurra por mi Lolindir! Amigo.

miércoles, 20 de abril de 2011

¡QUE MÁS DA!

Una tarde cualquiera puede una encontrarse de repente con sensaciones conocidas pero casi olvidadas. Aflorar la sensibilidad y al ritmo de unos cuantos acordes bien dispuestos preparar las próximas mini-vacaciones mentalmente.

Una tarde cualquiera, cuando los pronósticos dicen que la cosa no será sol en la playa, una dice, tras mucho tiempo sin hacerlo: ¡que más da!... y una ligera sonrisa menea la comisura labial como preludio de actitudes mejores.

Siempre la música…

viernes, 15 de abril de 2011

CONSEJOS VENDO Y PARA MI NO TENGO

Solemos utilizar el dicho de manera peyorativa, como si el aconsejador incumpliera alguna ley universal no pudiendo seguir sus propios consejos.

Una vez me contaron que mi sin par Albert Ellis se había suicidado, como si ese hecho le restara credibilidad. Aunque fuera cierto, que no lo es (el pobre murió de puro viejo), las circunstancias de su fallecimiento nada tienen que ver con el bien que hizo desarrollando una de las teorías más reveladoras en lo que a terapias psicológicas se refiere, aunque no pudiese autoaplicárselas pues nadie puede ser objetivo consigo mismo.

Lo cierto es que los consejos parten de la objetividad. Cuando uno ofrece un consejo posee la ventaja de la distancia, de la objetividad de no ser quien está sufriendo o viviendo una situación. Cuando es uno mismo el que está sufriendo algo no puede ser objetivo, porque no se tiene la perspectiva exterior, sólo la interior. Así, puede que yo mismo no actúe de la manera en que aconsejaría a alguien pues es imposible alcanzar la perspectiva exterior de uno mismo, excepto a través de los demás.

Así bien, lo de “aplícate el consejo” no es un buen consejo, si no casi un reto.

Palabra de pensadora.

martes, 12 de abril de 2011

ADAPTARSE O MORIR


Una de las grandes capacidades humanas es la adaptación. A través de ella, nos hemos llevado la palma en contra del resto de los seres vivos del planeta y, a través de ella, hemos conseguido ser el mayor depredador. Con esa máxima, hemos de entender que la supervivencia es posible siempre que se esté dispuesto a aceptar la propia condición y posibilidades. Como en todo, la superación es cuestión de aceptación. Es decir, sólo aceptando con realismo y objetividad lo que sucede, es posible transitar un cambio y utilizarlo como medio de adaptación y superación.

Se me ocurre que, con esto de la crisis, muchos tocan fondo ya y muchos lo haremos pronto, pero no es momento de lamentaciones. Podemos obcecarnos e intentar cambiar aquello que no depende de nosotros pero al final siempre daremos contra la misma pared. La mejor y menos dolorosa salida es aceptar la realidad desde el prisma de la objetividad y preguntarnos qué es lo realmente necesario para que un ser humano se mantenga vivo. A partir de allí, empieza la hora de la adaptación: es posible aceptar el cambio aunque sea a peor pero, a través de la certeza de haber tocado fondo, éste se ha de convertir en el impulso que nos lleve a una mejoría que muy posiblemente no será económica ni material, pero sí humana… muy humana.

Muy posiblemente somos muchos, más de lo deseable, los que habremos de aprender a vivir con mucho menos pero aún así, la certeza de que la supervivencia básica está asegurada por nuestra propia naturaleza nos ha de conducir a una nueva forma de vida, más sencilla pero no menos feliz porque de nada sirve un vehículo estupendo si no se tiene dónde ir, ningún encanto tiene un paisaje exótico sin nadie con quien compartilo y cuando digo nadie, me refiero también a uno mismo. A lo mejor ya no conduciremos coches nuevos, ni viajaremos a Asia para vacaciones, no comeremos o cenaremos en restaurantes caros para reunirnos con los amigos pero siempre quedarán los parques para hacer un pic-nic y los trenes y autobuses siempre podrán acercarnos a un rincón que no sabíamos existía a escasos kilómetros de casa.

Cada uno de nosotros puede ser un Ave Fénix y resurgir de sus cenizas en un nuevo orden. Lo dicta nuestra naturaleza humana.

Palabra de pensadora.

domingo, 3 de abril de 2011

POBRE NIÑO VEGANO

“¡Pobres terneritos! ¡pobres cerditos! ¡pobres gallinitas y pavitos! ¡pobre mero! ¡pobres todos los animalitos del mundo mundial que no tienen la culpa de que nosotros seamos omnívoros y les necesitemos para alimentarnos!”. Pensaban papá y mamá veganos mientras decidían sacrificar la vida de su retoño en favor de detener la violencia animal.

Mamá vegana se había criado bajo los cuidados de una alimentación normal hasta que, junto a papá vegano, decidió lanzarse a la sanísima y nutritiva alimentación vegetal. Ella ya estaba madurita, y todos los nutrientes consumidos antaño que le habían forjado fuerte para parir, servirían para críar la prole. Nació el retoño que alimentó de su propia savia, savia que recibía su sabor de las deliciosas verduritas y hortalizas del huerto.

El retoño crecía, pero poco, y los progenitores veganos decidieron consultar a ver si era normal. Resultó que no. Pero en su afán por proteger el resto de especies del planeta, eligieron las terapias alternativas para sanar la neumonía del infante: unas tisanas de alcanfor, unos baños de barro…

¡Y UN MUCHO DE ESTUPIDEZ! Para terminar apagando la vida del pobre crío que nunca eligió la incapacidad, inmadurez, insensatez y auténtica idiotez de sus progenitores.

Señoras y señores: les recuerdo a ustedes que somos animales omnívoros. Necesitamos todo lo que nuestro planeta nos ofrece, y, si realmente nos pena tanto el maltrato animal en las granjas, sacrifiquemos a los que las gestionan, no a nosotros mismos y mucho menos a nuestra prole. Juegue con su vida quien quiera, pero no con la de quien no puede decidir.


Palabra de pensadora.