viernes, 29 de noviembre de 2013

Modernidad + Frivolidad


Corretean los dedos sobre los teclados respecto al asunto del anuncio de la lotería de esta navidad y lo que me parece más curioso es que de lo leído, escuchado y visto por ahí, hay una “crítica” que me ha resultado graciosa y muy acertada.  Habla no sólo de la cara de espanto de la Caballé o el casposo “lalaleo” de Raphael sino también de lo plastificado de la escena… todo sonrisas, caras guapas, maquillajes perfectos y un entorno que pretende ser cálido pero sin conseguirlo pues la frivolidad rezuma por dorquier.

Con este escenario, pienso en muchas otras señales de lo frívolo de los tiempos que vivimos.  Miren ustedes la televisión, intenten encontrar, por ejemplo, un vídeo musical en el que todos/as no adopten posturitas escrupulosamente diseñadas y/o que no se refiera a una juerga o un ligue y que además se ambiente en un lugar que no sea un hotel carísimo, un vehículo carísimo, un hotel o una mansión también carísimos.

Últimamente, todo lo que trasciende un poco de la realidad (prensa, cine…) se me hace como de plástico, es como si quisiéramos evolucionar a una suerte de perfección tipo barbie y ken.

El otro día me sorprendí visionando las escenas iniciales de la película “Carrie” en su primera versión de 1976.  No pude evitar pensar en la gran diferencia que habría si lo mismo se hubiera grabado hoy en día (por cierto, el mes que viene se estrena un remake), veríamos muchachas perfectas, con peinados perfectos, pubis rasuradísimos y pechos tulgentes aupados casi hasta el cuello.  Esto último incluso para la fea de la clase.

No puedo dejar de pensar en qué es mejor realmente, la naturalidad de antaño o el perfeccionismo actual pues soy una firme defensora de la evolución, de mirar hacia delante y aprovechar lo que sabemos para mejorarnos, pero no sé hasta qué punto nuestra evolución estética está rozando límites que nos lleven a desnaturalizarnos como especie, a frivolizarnos y restar importancia a la belleza espontánea y natural… esa belleza de las fotos sorpresa… seguro que alguien me entiende.

martes, 26 de noviembre de 2013

Irresponsables

Cuando era más jovencita pensaba que había que estar enamoradísima para vivir con alguien.  Entendiendo por “enamoradísima” el vivir en un constante revoloteo de mariposas estomacales con las endorfinas funcionando a máximas revoluciones y las hormonas disparadas en su máxima expresión.

Hoy en día, con la experiencia, una se da cuenta de que los cuentos sí continúan después del beso final y todo ese torbellino de sensaciones se apacigua dando paso a una agradable calma.  El amor se convierte en una especie hogar cálido al que siempre quieres regresar, como la casa de los padres o de los abuelos.

Sin embargo, como siempre me pasa, miro a mi alrededor y encuentro que la modernidad vuelve a difuminarlo todo y hoy en día construir un hogar a través de una relación estable resulta una quimera complicada de llevar a buen término y, como siempre también, me doy cuenta de que mi generación (y no hablemos de las posteriores), crisis mediante, seguimos comportándonos como unos críos que aún fuera del nido original, queremos seguir jugando a los papás y mamás pero mucho cuidado como se me tuerza lo más mínimo mi plan individual, que no juego más y me llevo el balón que para eso es mío.

Creo que no nos damos cuenta de que irse a compartir hogar con tu pareja, en realidad, debería ser esa continuación del cuento.  Que aún con las diferencias de concepto que nos separan de nuestros padres, seguimos fundando familias (con o sin hijos) y mi concepto de familia tiene mucho que ver con la responsabilidad.  En primer lugar responsabilidad hacia uno mismo, hacia la propia persona y después responsabilidad y por lo tanto respeto a quien o quienes he elegido para compartir parte de mi vida.


Eso último, me temo, es lo que nos falla.  Nos han acostumbrado a ser los hijos y los hermanos pero no nos han enseñado a ser cónyuges y mucho menos padres aceptando la responsabilidad que el desempeño de estos papeles supone, como el cuidado o la aceptación del otro sin tabúes, miedos o barreras y sobre todo sin anteponerse a uno mismo.  No sé si existe una manera de enseñar o aprender semejante “tarea”, pero desde luego últimamente no dejo de pensar que, en este sentido, somos irresponsables.

Así que una vez superada la faceta "princesa rosa", a lo mejor hay que plantearse mejor qué vamos a aportar y qué vamos a pedirle al "príncipe azul" para convertirnos en "reyes" durante la segunda parte del cuento.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Corriendo por el parque


Pisé una piña y me torcí el tobillo.  Según la red: “la lesión más común entre los corredores”. Y ya me fastidia porque yo corredora no soy.  Yo corro porque como he dejado de fumar:

a.- me anima ver que puedo
b.- me ayuda a evitar (un poquito, demasiado poquito) los kilos que se me están apoderando.
c.- No hay “c” pero queda mejor una lista de tres que de dos, nunca he sabido por qué

Por lo demás correr cansa y dependiendo del día es más bien aburrido.  Lo que pasa es que si eres una tontita como yo, terminas disfrutando de los paisajes que van cambiando con las estaciones.  Y de las sensaciones.  Y de las endorfinas.  Y de las mallas de los corredores buenorros que te adelantar sin parar.

Y así ocurrió que en el preciso instante en que la piña asesina se colocó justo debajo de mi pie derecho y mi cuerpo se tambaleó dolorido mientras mi boca espetaba un rotundo ¡m*erd*!, un corredor “adelantón” pasaba por mi izquierda parando en seco a intentar socorrerme.  Agradecí la acción, pero insistí en que estaba bien y seguiría corriendo pero el muchacho se empeñaba en ayudarme hasta que empecé a caminar y se convenció de que no necesitaba un rescatador.

Tras caminar un rato, continué corriendo y mientras lo hacía empecé a pensar que a lo mejor en el parque pasa como en los gimnasios donde la gente va más a ligar que a ejercitarse.  Ahora que pienso… yo también llevo mallas… ¿será por eso que me adelantan todos y no por mi lentitud?.


Tendré que hacer una encuesta.  Mientras la preparo: pie en alto, bien de hielo y a cruzar los dedos para que no sea grave.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

La “viejera” y el fin del romance



Esto sí es algo que no puede cambiar: el tiempo pasa y punto.  Aunque una se sienta y actúe como una chiquilla, el mismo oxígeno que nos sirve para respirar también nos oxida y la gravedad ejerce su acción inexorablemente pese a cual parte del cuerpo le pese.

Pero no es sólo una cuestión física/biológica esto de hacerse mayor.  La visión también cambia y parece como si todo se tornara en extraños colores otoñales muy acordes con la fecha de hoy.  Porque hoy es el día en que me doy cuenta que con la edad también llega una especie de final de un romance.

La perspectiva cambia y lo que antes hacía ilusión, ahora cansa. Como en un matrimonio aquellos detallitos del otro que al principio te hacían gracia o producían ternura, con los años resultan ser aquello que más te enerva.

Doy por hecho que esto, como todo, es cuestión de adaptación.  De aprender a mirar las cosas desde la nueva perspectiva que otorga el simple “darse cuenta”, cosa la cual siempre es un paso en la buena dirección.


Será cosa de la “viejera”.