lunes, 24 de febrero de 2014

El lobo y la proletaria



Los excesos siempre llaman la atención.  Así me ocurrió al ver por primera vez el trailer de la película titulada “El Lobo de Wall Street”, se me despertó el impulso de comprobar cuán opulenta puede ser la vida de aquellos que nadan en el exceso.

Mientras visionaba semejante puesta en escena de unos hechos supuestamente reales, me embargaban extraños sentimientos contradictorios intentando comparar o incluso comprender cómo viven esos seres que en la pantalla una entiende irreales pero en la conciencia sabe tan reales como un pellizco.  Poco a poco, con el desarrollo de distintas escenas y disfrutando de la decadencia del personaje que no pude evitar comparar con muchos de los señores y señoras que engordan sus bolsillos con los impuestos que pago de el sudor de mis manos, me fui aposentando en mi lugar de proletaria.

Me gustó (y mucho) la película, lo admito.  Me encantó lo descarado de la narración que aunque a algunos les haya resultado salvaje, a mi me ha resultado incluso benevolente con la realidad que imagino para personajes como aquellos.  Sin embargo, no pude evitar un cierto grado de tristeza a la salida del cine pues dudo que al final semejante empacho de frivolidad pueda hacer feliz a nadie.

Comparando, prefiero mi dulce y sencilla vida proletaria.

miércoles, 12 de febrero de 2014

La belleza de lo viejo o de lo nuevo




El otro día caminaba por Barcelona admirando esa arquitectura Gaudí que tanto nos gusta a todos.  Supongo que por ese modernismo perfecto y fluido que convierte lo sólido en líquido a la vista.

Con esta inspiración me dio por observar las construcciones modernas que iba sorteando de regreso a casa y, mientras observaba, me vinieron a la cabeza las grandes y antiquísimas obras de arquitectura como, por poner un ejemplo, el acueducto de Segovia.  De repente una duda me asaltó al pensar en el sin fin de antigüedades que salpican nuestro país, que tanto admiramos y que tan bellas nos parecen… me dio por preguntarme, como ejemplo ante una iglesia románica ¿es realmente bella?.

Dejando a un lado la idea de que la belleza es más una cuestión de percepción, se me ocurre que hay muchas cosas antiguas que además de por bellas también admiramos desde un punto de vista más bien parental, es como si lo que realmente nos atrae de semejantes obras es la idea de que fueron nuestros ancestros quienes las ejecutaron aún siendo carentes de los medios que hoy tenemos a disposición.

Seguramente, dentro de quinientos años alguien observará, por ejemplo, el viaducto de la A2 a la altura de Castellbisbal o el puente sobre el Alcanadre ese que hay nada más pasar Angüés y se preguntará como tantas veces hemos hecho nosotros ¿cómo eran capaces estas gentes de construir semejante proeza?.