lunes, 20 de abril de 2015

Montaña y pareja


Desde que retomé la montaña he parado poco en las consideraciones filosóficas y sociales de la práctica de esta bella afición.  Pero hoy, leyendo un post en un blog de montaña, se me ha ocurrido pensar en la influencia que ejerce nuestro apetito de alturas sobre nuestras vidas sociales y especialmente nuestras vidas de pareja.

Pienso en la cantidad de amigos y compañeros de monte que realizan su actividad carentes de pareja: unos porque no la tienen y otros porque no comparten la afición con sus novias/mujeres.  Y pienso también en lo que supone para esas mujeres el quedarse, fin de semana si y fin de semana también, solas en casa con o sin prole.  Supongo que en la mayoría de los casos se trata de un pacto conocido y aceptado pues es bien cierto que las personas que gustamos de la montaña somos auténticos adictos difíciles de desenganchar y la montaña viene con nosotros como en un pack inseparable de esos del mercadona.

Siempre pienso en los casos de las mujeres porque pese a ser una, aún hoy en día, soy de las raras.  Seguimos siendo las menos en la montaña y es más habitual ver hombres solos o en grupos que grupos de mujeres o mujeres solas.  Lo habitual: sólo hombres o parejas.  Y cuando pienso en esas mujeres me pregunto hasta qué punto es amor o comprensión.  ¿Dónde pondrán el límite si es que lo ponen? ¿Cuántas discusiones de pareja se habrán producido tras una larga actividad que se ha complicado dejando a la mujer nerviosa en casa sin saber qué es de su pareja?.

Una vez, una de esas mujeres me dijo que prefería mil veces echar de menos a su marido los domingos por la montaña que por el fútbol y recordando esto, en parte, lo entiendo todo.

Lo cierto es que la afición por la montaña puede afectar a la pareja y la familia si no se trata como merece.  Tanto si es uno como otra el aficionado, como si son ambos, el monte ejercerá una influencia.  Esperemos que habitualmente positiva.

viernes, 17 de abril de 2015

Desbarrada de una tarde de primavera



Camino pensando en lo poco que escribo últimamente y sin darme cuenta paso por la puerta de mi anterior casa.  Miro hacia mi antiguo balcón mientras me suelto el foulard y me abro la gabardina que hace sol de tormenta y no quiero que me baje la tensión.

Este fue el último lugar que, aparte del paterno, recuerdo como hogar.  Las habitaciones limpias.  Mi cocina.  Mi cama.  Mi baño.  Ahora son otros que no son solo míos y, mientras pienso esto, me doy cuenta de la de tiempo que llevo sin percatarme de cuánto han cambiado las cosas.

Con qué facilidad nos olvidamos de lo que nos ha costado conseguir lo que queremos. Que poco recordamos los deseos cuando ya los hemos cumplido. Y lo que es peor ¡que desagradecida es la memoria!.