HERIDAS ABIERTAS

Que la vida es difícil lo sabemos todos.
Que llega una edad en la que todos podemos contar heridas de guerra también.
Y que hay veces en las que esas heridas se abren, es un hecho.
Aunque no queramos, aunque pensemos que todo pasó. Por mala suerte, por casualidad o porque el universo se confabula para darnos una nueva lección, a veces las viejas heridas se abren y como eran viejas duelen cada vez más.
Tras unos cuantos años de tranquilidad y “buenos alimentos” me encuentro de frente con uno de mis peores fantasmas y por tanto una herida que tiene sangrado fácil. No es mi cáncer (menos mal) ni mi útero (menos mal). Se trata de lo que más duele, de aquello que una no puede controlar. Señoras y Señores con el amor hemos topado otra vez más.
Ya he escrito yo mucho sobre el miedo, sobre la incertidumbre y las nefastas consecuencias que estos pensamientos tienen sobre nuestro comportamiento. Miedo e incertidumbre van de la mano.
Cuando uno no tiene la posibilidad de controlar o decidir sobre algo la incertidumbre (¡¡mala, mala, y mala chica!!!) se cierne oscura y macabra sobre la espalda, insuflando el veneno de la ansiedad en el corazón (lo digo de manera orgánica), las palpitaciones y el nerviosismo se apoderan del cuerpo y las combinaciones químicas resultantes aportan un nivel de irracionalidad tremendo al cerebro.
¿De dónde saca ahora una la paciencia necesaria para esperar el resultado final? ¿Cómo se cierra una herida sangrante que ahora ocupa el doble de su tamaño original?. Amigos internautas, estas preguntas tienen respuesta: si los médicos consiguen cerrar una fístula yo soy capaz de todo.
Prometo daros la solución el día que la tenga.
Que llega una edad en la que todos podemos contar heridas de guerra también.
Y que hay veces en las que esas heridas se abren, es un hecho.
Aunque no queramos, aunque pensemos que todo pasó. Por mala suerte, por casualidad o porque el universo se confabula para darnos una nueva lección, a veces las viejas heridas se abren y como eran viejas duelen cada vez más.
Tras unos cuantos años de tranquilidad y “buenos alimentos” me encuentro de frente con uno de mis peores fantasmas y por tanto una herida que tiene sangrado fácil. No es mi cáncer (menos mal) ni mi útero (menos mal). Se trata de lo que más duele, de aquello que una no puede controlar. Señoras y Señores con el amor hemos topado otra vez más.
Ya he escrito yo mucho sobre el miedo, sobre la incertidumbre y las nefastas consecuencias que estos pensamientos tienen sobre nuestro comportamiento. Miedo e incertidumbre van de la mano.
Cuando uno no tiene la posibilidad de controlar o decidir sobre algo la incertidumbre (¡¡mala, mala, y mala chica!!!) se cierne oscura y macabra sobre la espalda, insuflando el veneno de la ansiedad en el corazón (lo digo de manera orgánica), las palpitaciones y el nerviosismo se apoderan del cuerpo y las combinaciones químicas resultantes aportan un nivel de irracionalidad tremendo al cerebro.
¿De dónde saca ahora una la paciencia necesaria para esperar el resultado final? ¿Cómo se cierra una herida sangrante que ahora ocupa el doble de su tamaño original?. Amigos internautas, estas preguntas tienen respuesta: si los médicos consiguen cerrar una fístula yo soy capaz de todo.
Prometo daros la solución el día que la tenga.
Comentarios
En fin, no me haga usted caso, que las madrugadas en el hospital acaban en delirios raros.
Un saludo.
Feliz Navidad y un abrazo muy grande!