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Mostrando las entradas etiquetadas como VIAJES

Viajar o posturear

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Como suele pasar desde hace muchos años ya, el amigo Pez Martillo me ha inspirado con su post “viajeros” en el que pone palabras a una sensación que yo misma he tenido alguna vez: la de que no es necesario viajar lejos ni “posturear” para encontrar novedad, sensaciones fuertes o divertirse. Sin embargo, he de admitir que a mí me encanta viajar y cuanto más lejos mejor.  Me encanta la sensación de novedad, de exotismo, de aprendizaje.  Cuando me lo puedo permitir, viajo al extranjero y son muy pocas las veces que me he decepcionado de un lugar y más de una las veces que un lugar me ha calado tan profundo que le recuerdo habitualmente haciéndome suspirar (mis asiduos recordarán mi profundo amor por Islandia).  Una de las sensaciones que más me gustan de viajar es el momento del aterrizaje, cuando veo una ciudad diferente desde arriba y puedo empezar a imaginar las diferencias culturales gracias a las distribuciones de las calles, los tipos de construcción de los...

Una época, un momento… una canción: Bryan Adams, “Summer of the 69”

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Otoño de 2006.  Feria de la Cerveza en Stuttgart, Alemania.  Una joven pensadora recién ascendida a jefa de su departamento se encuentra alucinando con la capacidad tragadora de sus compañeros de viaje, todos homónimos de otras ciudades. La fiesta se encuentra en apogeo.  La orquesta hace poco ha dejado las polcas por la Macarena en honor a la chica española de la mesa ciento y pico y los compañeros, deshinibidos, bailan alrededor de la mesa formando un trenecito que termina alcanzando una magnitud seguramente histórica para la ciudad.  De repente, suena “Summer of the 69” y por un segundo todo se detiene como introducción al estallido de euforia general que culmina con todo el grupo de españoles subidos a las mesas gritando el coro de la canción en un perfecto “spaninglish” que hace las carcajadas de las miles de personas congregadas en aquella enorme carpa que hoy recuerdo con tremendo cariño…

Las Bahías de Montenegro

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¿Quién me hubiera dicho a mí que un día entraría en una Ermita en medio del mar? Te digo yo que nadie.  Pero ahí llegamos, después de un buen rato de autobús surcando curvas y más curvas, recorriendo recodos marinos a las faldas de montañas que debieron ser testigos de sangrientas batallas.  Las Iglesias de San Jorge y Nuestra Señora de las Rocas se encuentran en el centro de la Bahía de Perast y están alzadas sobre un islote natural y otro fabricado por los pescadores que antiguamente veneraron supremamente a la Virgen y yo se lo agradezco porque aunque no sea yo muy religiosa, he de admitir y admito que sendas construcciones resultan bellas y decorativas en este rincón adriático que me hace suspirar por sus cumbres bañadas de mar. Continuando por las faldas de estos montes que conceden aspecto de fiordo al lugar, nos llegamos a Kotor.  Una ciudad medieval prima hermana del Dubrovnik que nos espera de regreso al atardecer de esos que una sólo se encuentra en los vi...

Los tejados de Dubrovnik

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Y luego me quejo de que se me va el mayo cuando lo  cierto es que me lo he comido a medias con Bonito que me acompañó a callejear por esta ínfima ciudad mediterránea que, hoy en paz, acaba de sobrevivir a una de las peores guerras del siglo pasado que se extendió incluso a principios de este. Esta es la manera de conocer Dubrovnik.  Subir y bajar las escaleras salpicadas de faroles que hacen la veces de carteles y callejear sus callejones salpicados de plazas grandes y pequeñas atesorando rincones que invitan a detenerse y escuchar. Y luego el atardecer.  De esos de disfrutar en la calle y sobre ella.  Respirar aire marino.  Observar las aves contrastar sobre los azules de mar y cielo.  Dejarse seducir por los tejados naranjas coquetos como nadie... Lo mejor de Dubrovnic: sus tejados naranjas en perfecta combinación con el azul del planeta.

Pokhara

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La capital de los Annapurnas nos recibió lluviosa y antipática.  Sin las ansiadas vistas de los ochomiles cercanos y con un chófer que no llegaba.  Pero todo pasó, la tarde se aclaró y la cordillera nos sonrió a lo lejos sin dejarse fotografiar pero sí imaginar blanca como las nubes con las que casi le confundimos.  Sin embargo, no fueron las montañas sino el agua y el atardecer lo que nos situó en este lugar donde quien más quien menos viene en busca de montañas y zen, cosas que se encuentran con sólo rozar el pie contra la tierra. Cruzar el lago Phewa mientras el sagrado Machapuchare se reflejaba en sus aguas nos dio el sosiego necesario para emprender el corto ascenso hasta la Pagoda de la Paz Mundial donde celebramos el cumpleaños de Budha rodeando la Pagoda y saludando sus esfinges con un gesto de cabeza que nadie nos enseñó. Quisimos apreciar la inmensidad de Annapurnas, Dhaulagiri y Manaslu allá en Sarangkot al amanecer como manda la lógica...

El Valle de Langtang

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Sitares y Tablás resonaban lejanos cuando un nuevo bache me trajo a la realidad del minúsculo espacio que ocupaba mi gran cuerpo en el autobús que, plagado de turistas, guías y porteadores, serpenteaba por las faldas de las montañas.  Había conseguido dormir un poquito a pesar de la música que ahora retronaba en mi cabeza ubicada justo al lado de un bafle de la época de la última visita de los Beatles al Nepal.   Todas las incomodidades fueron olvidadas cuando recordé que por fin iba a culminar mi objetivo final en Nepal: pisar el Himalaya. Elegí el Valle de Langtang por ser uno de los menos visitados y por su cercanía al Tíbet, albergando varios asentamientos de refugiados tibetanos que sabía le concederían al trekking por estas tierras ese ambiente que tanto me recordó a aquellos libros del Lama Lobsang Rampa que devoré en mi juventud. ¡Que ilusión caminar a través de la cordillera más alta y extensa del mundo! Cruzar puentes colgados sobre profun...

Katmandú

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Hoy cierro los ojos y lo primero que me viene a la memoria es la canción de “Fleet Foxes” que sonaba en mis auriculares del avión que daba bandazos mientras intentaba aterrizar atravesando montañas y tormentas.  Respiraba profundo y apretaba la mano de Bonito del Norte como si en lugar de estar llegando a un exótico destino, estuviera pariendo sin epidural. Si vuelvo a cerrar los ojos vienen los olores: mezcla de especies, incienso y mierda porque de esa hay mucha por todas partes y la llamo por ese nombre porque es el que realmente define a la inmundicia que campa a sus anchas en cuanto uno se desvía un poco del turístico barrio de Thamel o de los templos budistas o hinduistas.  Sin embargo, uno se acostumbra rápido a oler mal porque todo huele igual aquí, incluso los turistas nos impregnamos rápidamente de un hedor que sólo volvemos a distinguir como ajeno al regreso al hogar que no admite semejante tufo.  Luego ya puedo centrarme en el bullicio, el desorde...