viernes 27 de noviembre de 2009

SINDROME DE ABSTINENCIA


Cuando nos encontramos bajo la influencia de una mala temporada que se alarga en el tiempo, lamentablemente, nos acostumbramos a ese estado. Dependiendo de la forma de ser de cada cual, el estado de ánimo variará en consonancia con los motivos. Unos estarán tristes, de capa caída. A otros les entran los nervios, como a una servidora.

Las malas temporadas se acaban. Sí o sí. Sea como sea. Porque uno se arma de valor y “coge el toro por los cuernos” o porque simplemente con el paso del tiempo las cosas se ponen en su sitio. Todo se acaba incluso aunque no queramos.

La salida de esos estados de ánimo suele conllevar accesos de euforia. De repente llega un día en que te encuentras mejor, los problemas parecen desaparecer y las cosas salen mejor.

Todo resulta emocionante hasta que con el tiempo nos asentamos en la buena temporada y de repente, sin saber por qué, se tiene una extraña sensación. Un ronroneo interior, una inquietud sin motivos. El saber que todo está bien y sin embargo hay algo que no va bien. Esto es lo que se me ha ocurrido llamar “síndrome de abstinencia post-traumático”. Después de pasar una época de lucha, de conflicto continuado y tras la calma de la tempestad, los humanitos luchadores tenemos ansias de seguir luchando, de tener motivos sin darnos cuenta que el motivo principal es vivir, simplemente vivir.

Habrá que aprender a vivir bien y a aprovechar las buenas temporadas para cuando vengan las malas, que siempre llegan.

jueves 26 de noviembre de 2009

PAISAJES COTIDIANOS

A veces al viajar no nos fijamos en cosas y otras sí. Así, de vez en cuando, al pasar por el mismo lugar podemos encontrar belleza o simplemente no verla.

Ayer me ocurrió. En un lugar por donde paso como mínimo una vez al mes hice, sólo con mi retina y sin ningún instrumento de grabación, una foto de esas de revista: un toro de osborne al amanecer.

Muy castiza la imagen, sí, pero hacía tiempo que no tenía esa sensación de encontrar algo bello, así, de repente y sin saber por qué.

Cosas curiosas de la vida, al regresar por la tarde, ya no lo vi. Para que luego digan que el estado de ánimo no influye en todo.

viernes 20 de noviembre de 2009

INFIERNO ACUÁTICO

Me encanta nadar. Nado desde que tengo uso de razón (o lo intento).

Todo empezó cuando era muy pequeña: mi familia, conmigo a cuestas, solía “vacacionear” en una preciosa playa del caribe venezolano llamada manare. Allí, los días pasaban plácidos y agradables al sol. Yo jugueteaba con mi flotador de hello kitty (que ya existía y se piensan que es nueva) hasta que un día mi madre decidió que era hora de que aprendiera a nadar, así que, sabiendo que el pueblo con tienda más cercano estaba a unos 45 minutos en lancha, pinchó a escondidas el flotador. Así, me ví obligada a aprender a nadar a mis dulces cinco añitos. Hubo suerte, aprendí rápido y me gustó.

Siempre me ha gustado nadar, es un deporte agradable y sencillo. Se me da más o menos bien y me mantiene más o menos en forma. Hasta hace mes y medio.

Como me conozco y sé que lo de la constancia no es lo mío (menos si me tengo que meter en una piscina sabiendo que fuera estamos a cero grados), todos los años me apunto a los cursos de natación que ofrece el patronato municipal de deportes, así me obligo a ir a la piscina dos días a la semana. Hasta aquí bien.

Este año, como todos, me apunté al curso de perfeccionamiento con la diferencia de que, esta vez, elegí un horario diferente por dejarme hueco para estudiar. Llegué el primer día, oteé el lugar en busca de alguien conocido y encontré a lo lejos a la misma monitora que llevaba el año pasado. Me acerqué, me presenté y me comentó que este año habían dividido los grupos de perfeccionamiento por niveles y ella llevaba el grupo más avanzado. Valiente de mí, decidí quedarme con ella, total, estos últimos años siempre era la más avanzada de mi clase y normalmente tenía que quedarme un rato más nadando a mis anchas porque en clase me aburría.

Allí comenzó mi infierno acuático particular. La gente de mi grupo lleva dos años asistiendo en ese mismo horario, con la misma monitora. Son como una secta de los superdotados del agua, con un gran líder que nada “estilo competición”, haciendo la voltereta de cambio de sentido y todo. Y allí llego yo, todos los martes y todos los jueves, con un estilo perfecto pero más lenta que uno muy lento. Sufro, sufro mucho. No sé cuántos largos sólo de pies, no sé cuántos otros sólo con los brazos, para terminar al estilo completo otros sopocientos largos más. Allí, siempre la última ¡con lo que yo he sido!.

Para colmo, creo que no les caigo bien porque retraso a todo el grupo. Desde luego, el gran jefe nadador, me mira de reojo siempre que me adelanta y me adelanta continuamente.

Hoy hay una cena y he decidido asistir con mis mejores galas a ver si se apiadan de mí porque aún queda otro largo mes y medio de infierno, no más, porque el trimestre que viene intentaré volver a mi horario de siempre. Que yo he venido aquí a nadar y a mejorar, no estoy entrenando para las olimpíadas (¡joder!).

martes 17 de noviembre de 2009

CHICAS CON GUITARRA

Últimamente me tiene un tanto sorprendida la cantidad de cantautoras (o como prefieran llamarlo) que van proliferando en escena.

No me disgustan pero a ratos me pregunto si no hay detrás y como siempre algún estándar de márketing preconcebido en esta época en que a la gente le ha dado por ir de "alternativa".

De todas formas, algunas propuestas que, a mi gusto, no están nada mal:







Yo, particularmente, me quedo con el producto nacional. Para gustos: colores.

lunes 16 de noviembre de 2009

APOTEOSIS BLUES

Ya se sabe que allí donde haya evento musical, me planto yo. Curiosamente, esta vez, no lo tenía planeado. Mi intención era aprovechar el finde para salir al monte, actividad que no practico hace tiempo.

Con sana intención entablé contacto con la inestimable “pareja empanadilla” para proponerles alguna actividad campestre. Finalmente, la conversación telefónica derivó en quedar esa noche para cenar y ya haríamos planes. Unas cuantas copas de vino mediante, la cosa cambió de rumbo y decidimos por unanimidad pasar por el Jai-Alai (salón de conciertos de la Peña Alegría Laurentina) así, como quien se da una vuelta por el parque de camino a casa. Una gran idea.

Los fineses Wentus Blues nos recibieron con una potencia que no esperábamos y enseguida nos presentaron a una auténtica leyenda blusera. Barrence Whitfield nos hechizó a todos haciendo mover el esqueleto hasta al crítico musical oscense que no se mueve nunca.

Pero la cosa no quedó allí. Tal como se bajó del escenario el Sr. Whitfield, subió Mr. Eddie Kirkland. Ahora sí, supimos que estábamos perdidos, que de allí no nos iríamos pronto y mucho menos indiferentes. Kirkland es un huracán de energía pura. Se movió y nos movió a todos.

Como apoteosis para semejante noche, regresó el maestro Whitfield y con todos en el escenario la cosa ya se convirtió en un auténtico espectáculo blues, con los músicos desenfrenados dando todo de sí y el público agradecido gritando y bailando a sus pies.

Una auténtica apoteosis blues que aún a estas horas me mantiene sonriendo y recordando el buen rato pasado.

Un ¡hurra! por la Peña Alegría Laurentina que tan buena música nos trae a los hueskanitos ávidos de cultura.