martes, 17 de enero de 2017

Robert Plant: pura elegancia en el Cruilla 2016

Los viejos rockeros nunca mueren*

De quienes me leen es sabido que no perdono un viaje y al menos un corcierto cada año.  El pasado 2016 a pesar de haber sido el año en que nos abandonaron tantísimas figuras de las artes escénicas, para mí resultó bastante prolífico y pude disfrutar de unas cuantas actuaciones en directo de las cuales la de Robert Plant en el Festival Cruilla de Barcelona fue la que más me gustó y de la que guardo el mejor recuerdo.

Fue una noche mágica, con actuaciones de mucha talla como las de Snarky Puppy o Alabama Shakes.  Pero la elegancia y las tablas de un artista como Plant le convirtieron, como ya era, en el cabeza indiscutible del cartel de una noche que no olvidaré. 

Tan pronto como apareció por el escenario, su sola presencia creó una atmósfera de elegancia, paz y buen rollo que no me habría esperado a sabiendas de la contundencia de la banda que le acompañaba y de la forma de desarrollar las canciones que tiene este hombre, gran abanderado de aquello de que “los viejos rockeros nunca mueren”.  A sus casi 70 añazos, Robert Plant me demostró que nunca es tarde para nada y que siempre se está a tiempo de regresar, aprovechando lo que ya se sabe como hizo tocando muy acertadamente varios de sus éxitos con Led Zeppelin incluido el divertido “Misty mountain hop” o cerrando el concierto con un “Rock ‘n roll” que nada tuvo que envidiar a sus mejores conciertos de los 70’s.  Pero fueron los temas desconocidos y nuevos los que me enamoraron, con un desarrollo vocal impecable y unos arreglos folk que hicieron mis delicias.

A sus pies Mr. Plant.  He renovado mis votos.



* La foto de cabecera es "tomada prestada" de www.ara.cat

martes, 3 de enero de 2017

Una mujer feliz


Haciendo repaso de mi año 2016 he llegado a la conclusión de que otra vez y a pesar de algún que otro traspiés, ha sido un año en general feliz.  El mantener un trabajo fijo que más o menos me agrada a pesar de los malos ratos y el estrés normal de un puesto de responsabilidad, tener una pareja estable y amable, una familia funcional y la capacidad de agradecerlo todo me ha convertido en la mujer feliz que ahora escribe aprovechando un hueco tonto en pleno horario laboral.

Por supuesto que lloro, me enfado y me siento desgraciada más de una vez al mes pero también río y me lo paso bien a menudo lo cual me hace concluir que mi felicidad no es sólo una cuestión externa que me conceda el hecho de tener la suerte anteriormente citada, sino que internamente he conseguido una dosis de humildad suficiente para poder mirar atrás y entender que todo el camino recorrido hasta aquí es parte “contratante” de mi felicidad y que ésta no es sólo un estado anímico sino una consecuencia de la constante búsqueda a la que me someto: nunca quieta, nunca estática, siempre atenta y por supuesto, pensante.

Así que para mi 2017 deseo saber mantenerme sana siempre que esté en mi mano, querer a quien me quiere, obviar a quien no, trabajar duro y con ganas, disfrutar de lo que tengo, sonreír siempre que pueda y llorar siempre que haga falta, saber divertirme y permitírmelo.  Todo como componentes necesarios del camino de la felicidad este al que llevo incorporada algún tiempo ya y que tan buen resultado da.

Queridos Internautas, les deseo saber encontrar ese estado feliz, no uno igual que el mío sino el suyo propio… ¡Feliz 2017!

viernes, 23 de diciembre de 2016

Confesión navideña




Recuerdo la navidad allá en Venezuela.  Todo empezaba ya en noviembre con los concursos de gaitas y seguía con la tradicional reunión familiar para preparar y congelar las hallacas que se consumen durante las fiestas.  Todo es alegría y sentimiento.  Las familias se reúnen y recuerdan con cariño a quienes no están.  Se hacen regalos si se puede y si no, pues a bailar unas gaitas, un merengue, una cumbia o lo que haga falta.  Pero con alegría, aprovechando los días de fiesta y el espíritu ya no religioso sino simplemente festivo que impregna ciudades y pueblos.

Y ahora regreso a la realidad.  La niebla se aposenta sobre mi minúscula ciudad y los ánimos se destemplan casi como en un extraño ritual en que todos tengan motivos para despreciar la Navidad, con mil excusas diferentes: unos porque echan de menos a alguien, otros porque no se llevan bien con su familia, algunos que reniegan de la religión… La cuestión es que la tele, la calle y el ambiente son navideños, pero el discurso de la mayoría es pesimista y negativo.  Como si odiar la navidad fuera molón como dejarse la barba o beber gin-tonic con verduras.  Y no puedo evitar pensar que se pueda tratar de una cuestión cultural en un país en el que nadie vota al PP pero siempre gana, en el que el que más puteado está y más se queja de su trabajo es quien mola y en el que la crítica destructiva es deporte nacional.

Así que este año he decidido confesar que a mí me gusta la navidad.  Me gusta el frío en la calle iluminada por lucecitas de colores, me gusta el ajetreo y escuchar la eterna “last christmas” de Wham! En las tiendas y en los bares.  Me encanta salir a cenar con mis compañeros de trabajo y bailar con ellos hasta las tantas para luego reírnos los unos de los otros al lunes siguiente.  Disfruto las nuevas tradiciones como el vermú de nochebuena con mis hermanos y mis amigas.  No me importa aburrirme en la cena de nochebuena porque estoy con gente que me quiere y que siempre está allí y estará incluso cuando no esté.  No puedo esperar a que llegue la comida del día de navidad que se ha convertido en mi día favorito del año.  Me ilusiono pensando en la cena de nochevieja con amigos, en la mesa engalanada, las uvas y el champán.  Y cada vez me gustan más las mañanas de Reyes con Bonito del Norte, solos los dos vagueando por la casa y planeando el año recién estrenado.


Queridos internautas que aún tenéis el valor de leerme a pesar de mis ausencias, os deseo una muy ¡FELIZ NAVIDAD! Que mañana y pasado sepamos disfrutar de lo que tenemos por poco que sea.


lunes, 12 de diciembre de 2016

La nueva pedantería


Últimamente me ocurre que me canso del discurso popular general.  Como todos tenemos acceso a internet nos pensamos que todos sabemos mucho de todo y nos creemos en posesión de una verdad absoluta que no corresponde.  Así, me encuentro con incongruencias como que no es bueno masticar chicle mientras conduces o que oler pedos mejora el cutis.  Y ojo como le discutas a nadie sobre ese estudio tan científicamente comprobado que asegura que la Universidad de Michigan ha descubierto que cortarse las uñas cabeza abajo ayuda a fortalecerlas o aquél informe del Instituto de la Salud de Kentuky según el cual ponerte hasta arriba de alcachofas te mantiene joven porque tienen muchos antioxidantes.

Yo misma me veo continuamente en discusiones sobre los conflictos árabes sin saber realmente bien sobre lo que hablo (más que nada porque la información del telediario tengo claro que está manipulada y ni pensar en los periódicos digitales).  Me sorprendo tantas veces participando en conversaciones o escuchando discursos de gente que con seguir un blog o pasarse las tardes leyendo publicaciones digitales se dedica a darme lecciones que ya dudo si yo misma tengo idea de algo en esta vida.

Total, que un día me encuentro en una situación tan disparatada como intentar tomarme un ibuprofeno para una tremenda jaqueca y que alguien con el enésimo cigarro en la mano y tras la enésima cerveza me diga que “cómo me tomo eso que según los estudios publicados es malísimo para los riñones”.  O esa madre tan abnegada que le niega la leche de vaca o el gluten (sin ningún análisis previo) a su nene para limpiarle el organismo a la vez que le enchufa un biberón de bebida achocolatada de soja transgénica.

Que estamos en la era de la información es un hecho y que esto ya se está convirtiendo más bien en la era de la “sobreinformación”, también.  Como siempre, elijo mantenerme en ningún extremo y dudar tanto de lo escrito como de lo hablado tanto por otros como por mí misma porque tengo comprobado (no científicamente, pero tiempo al tiempo) que cualquier exceso es contraproducente y en este caso, un exceso de información nos arriesga a caer en la pedantería.

Palabra de pensadora.

viernes, 29 de julio de 2016

Vive el momento. Vive tu vida.



Cuando no vivimos el momento pretendemos rememorar el pasado e intentamos adivinar el futuro mientras perdemos la conciencia de lo real y por lo tanto nos adentramos en el pensamiento irracional, ese que nos bloquea y no nos deja avanzar creando conflicto donde no lo hay y restandonos vivencia propia para vivir un momento irreal o una vida que es de otros y no propia.

Es muy humano intentar situarse en el futuro en busca de la seguridad que supone la falta de incertidumbre.  El problema es que el futuro es totalmente impredecible y jamás sabremos lo que va a ocurrir siquiera dentro de un segundo así que más nos vale intentar vivir lo más cerca de la realidad posible, es decir, el momento presente, para tener mayor capacidad de actuación sobre lo que acontece en la realidad que sólo se produce en este momento.

También es muy humano fijarse en los demás.  Somos animalitos sociales, lo cual supone desempeñar roles establecidos y utilizar el efecto espejo para adaptarnos a la sociedad.  Pero la cuestión es que nuestra vida solo es vivida por nosotros mismos con nuestro cuerpo y con nuestra psique.  Es imposible saber lo que otros piensan o predecir lo que otros harán o cómo se comportarán, así que lo suyo es adecuarse al propio desempeño.  Centrarse en las necesidades, deseos y comportamientos propios.   No en lo que vayan a necesitar, desear o hacer los demás pues volvemos a adentrarnos en una realidad que no es propia, restándonos objetividad y capacidad real de reacción y decisión.

Últimamente observo los conflictos que se producen a mi alrededor y me doy cuenta que la base principal de cada uno de ellos (aparte de cuestiones de comunicación, falta de entendimiento o mala voluntad) es la irracionalidad que se produce cuando las personas pretendemos adelantarnos al futuro prediciendo comportamientos ajenos.  Fuera del momento real y fuera de la propia identidad encuentro imposible una libertad que sólo está en las propias manos.

Palabra de Pensadora.