lunes, 7 de septiembre de 2009

UNA PENA LO DEL SONIDO

Una pena fue que el sonido no estuviese para nada a la altura de las intenciones del grupo. Sin embargo, Colplay consiguió regalarme un par de horas de un espectáculo menos pretencioso de lo que hacen entrever los críticos.

Se dice que Chris Martin y sus colegas pretender ensombrecer a U2 en esto de los macro-conciertos y he de señalar que dudo sea esa la intención. No veo en ellos la idea espectacular que presentan los de Bono.

Como en todas las artes, de la música, en lo que me fijo es en las sensaciones y éstas en este caso estuvieron encontradas: por un lado la rabia de no poderles escuchar mejor y por otro la emoción de ver cómo estos muchachos únicamente pretender comunicar sus dulces melodías a un público más que agradecido.

Digo rabia, porque sólo con un poquito de mejor sonido, la cosa habría tenido un cáliz mucho más emocional (que las emociones no faltaron, pero se quedaron cortas). Digo emociones, porque el espectáculo resultó realmente entrañable: el colorido del vídeo, las combinaciones de luces, los añadidos (balones amarillos mientras suena la canción Yelow, por ejemplo) y la estupenda comunicación del cantante con el público. Y hablo de público agradecido porque a pesar de todo, la gente disfrutó y lo comprobé “in situ”.

No es el mejor concierto que he visto hasta ahora. No superan a Pink Floyd, cosa harto difícil, ni mucho menos a U2, pero no creo que puedan compararse. Lo de U2 es más cosa grandilocuente, espectacular… lo de Colplay es más sentimental y pienso que si siguen por ese camino, algo conseguirán.

Amigos internautas: Le daré otra oportunidad a los Colplay, si se dejan, claro.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

¡MALDITA TEMPESTAD!

Decidí darle uso a mi “silver bullet” para salir en busca de una mesa plegable por las tiendas de muebles del polígono. Como mi búsqueda allí resultó infructuosa, puse rumbo al pequeño centro comercial situado al norte de la ciudad. Desde la carretera veía el cielo gris oscuro y algunas nubes de descarga que se acercaban. Tonta de mí, no les dí importancia.

Sobre las 8:10 de la tarde, mientras me decidía entre la lechuga iceberg y la romana empecé a escuchar el estruendo de la tormenta que parecía haberse situado sobre el techo del establecimiento, acto seguido empezó el ruido ensordecedor del hielo cayendo sin piedad. El local enmudeció, no se oía ni la música de fondo, ni los niños haciendo sus gamberradas… por no oir casi no oía ni mis pensamientos a pesar de que tenía muchos y todos dirigidos al bienestar del pobre “silver bullet” que, fiel como siempre, me esperaba en el parking (exterior, no cubierto). Ví gente correr rauda hacia la salida y, al amainar el estruendo, escuché comentarios de todo tipo pero, con la calma que me caracteriza en estas situaciones, decidí terminar mi compra pensando “total, lo que pase pasará igual por más que corra”.

Dirigí este cuerpecillo hacia la salida donde me encontré una imagen de auténtico desastre: seguía lloviendo a mares, el viento era brutal y la gente o se agolpaba en la puerta o, desesperada, intentaba salvar su vehículo de la catástrofe consiguiendo únicamente chocarse con otros vehículos que intentaban lo propio. Retrocedí y me dediqué a mirar escaparates, las goteras mojaban el suelo y me hacían resbalar mientras sonreía pensando “vaya pintas, pens”. Finalmente, al ver que la cosa se había calmado un poco, salí y todavía protegida por el techo del hall de entrada divisé al pobre “silver bullet” en medio de un inmenso charco que le cubría hasta mitad de las ruedas. Como todavía llovía encendí un cigarrillo con la esperanza de que amainara un poco y los sumideros hicieran su labor absorbiendo el agua para no tener que mojar mis pies vestidos sólo con unas monísimas sandalias de ante. Mientras tanto, conversé con una pareja que tenían su vehículo aparcado junto al mío. Divagamos los tres hasta que nos hicimos conscientes de que la situación no iba a cambiar a corto plazo así que decidimos “lanzarnos al charco” los tres y emprender la marcha por la ruta trasera del centro comercial para evitar el cruce de la carretera general que estaba colapsado. Me remangué los pantalones monísimos, de los que sólo visto para trabajar (de pinzas, color gris marengo, estilo ejecutivo) e intenté caminar con zancadas largas para posar los pies el menos tiempo posible dentro del agua que me cubría por encima de los tobillos.

El coche arrancó (menos mal) y me dirigí hacia el centro muy despacio pues todas las calles estaban anegadas, los árboles casi sin hojas, no había un alma por las calles y las mesas y sillas de la terraza del café de al lado de casa habían volado hasta cruzar de acera. Un panorama de película.

Llegué a casa sana y salva tras la tempestad. No así el silver bullet ilustrado en la foto de abajo y mis sandalias que se encuentran secándose en cuidados intensivos aunque siguen estables, de momento.


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