lunes, 8 de febrero de 2016

“Mi pequeña y dulce Lily”



He pasado el fin de semana descansando gracias a un ligero constipado que me ha servido de excusa perfecta para aposentarme y no preocuparme por desniveles, meteorologías, gps’s, mapas, crampones, piolets, raquetas y/u otros elementos de tortura montañeros.  Así pues, me he entregado a la cultura haciendo doblete cinéfilo y disfrutando de dos de las nominadas a los Oscar de este año.

"Carol" no me decepcionó.  Me hizo, una vez más, sentirme orgullosa de mi feminidad.  La delicadeza con que se trata un tema que para algunos puede resultar escabroso me hizo sentir cómoda y optimista respecto a la evolución y aceptación que comienza a disfrutar la homosexualidad en nuestra sociedad actual.  Una película valiente con tintes feministas y una interpretación impecable como ya me tiene acostumbrada la bella Blanchet.

Otra cosa fue “La chica danesa” que me encandiló y enamoró, tanto que tuve que informarme al llegar a casa sobre aquella pequeña y dulce criatura que dio la vida por fidelidad a su propia naturaleza y por esa esposa enamorada que lo da todo en la ficción pero que en la realidad se aleja como haría cualquier persona de razón y juicio.  Las interpretaciones y la belleza de los actores sumados a la época en que se sitúa la acción, me hicieron flotar en una nube modernista colorida y bohemia divirtiéndome y sensibilizándome ante un asunto más triste que escabroso.  Porque hay muchas pequeñas Lilys en el mundo y todavía hoy, casi 100 años después de la primera reconocida, son pocas las veces que la sociedad entendemos una patología física grave que altera no solo el cuerpo sino la emoción. 

De este fin de semana relajado me quedo con “Mi pequeña y duce Lily”, una persona que debió ser muy amada a pesar de la dificultad.  Y también con la idea de que la propia naturaleza, por difícil e incomprendida que sea, no se puede negar ni obviar.

Palabra de Pensadora.