martes, 13 de noviembre de 2012

Nadie me quiere


Hay una ecuación que se sucede en el mundo de las relaciones amorosas actuales: las mujeres que sufren múltiples abandonos de sus amantes no son “queribles” o algo malo tienen. (Como es tradicional, esto mismo en el caso masculino supone que el tipo es un poco “golfillo” pero nada importante)

He escuchado esta opinión en alguna de mis amigas que, tras ser dejadas por el último novio y hecho el correspondiente resumen de vida hormonal, llegan a la conclusión de que ellas mismas son culpables porque algo malo deben de tener cuando tantas personas dejan de quererlas. Y parece un pensamiento racional y todo. Y una puede llegárselo a creer y todo, oyes. Pero nada más lejos de la realidad.

Lo mismo que cualquier persona tiene derecho a ser ella misma, tiene derecho a enamorarse, desenamorarse y viceversa. Así que cuando a una la dejan de querer, no significa que una no sea querible. Significa que antes nos han querido y ahora ya no. Así de fácil y simple. Así de duro.

Parece que algunas mujeres tengan una especie de chip de la culpabilidad cosido en el cerebro y/o corazón y tengan que acarrear con la culpa de todo aquello indeseado que les ocurra y que siempre exista algo más que hacer para mejorar una situación que no depende de ellas mismas. Cosa de autoestima.

Nada asegura la llegada a buen puerto de una relación. Este es el asunto sobre lo que más seguro se puede afirmar que no hay nada escrito. Y sí se puede querer a muchas personas distintas en una sola vida, como sí se puede ser querida por muchas personas en una sola vida. Así que a lo mejor, antes de pensar “nadie me quiere” quizá valga la pena preguntarse “¿a quién quiero yo?” y además “¿me estoy queriendo a mí misma?”.

Palabra de Pensadora.

viernes, 9 de noviembre de 2012

OTOÑO PERFECTO


Recuerdo el otoño del año pasado. No hacía frío ni llovía.

Fue un otoño extraño, casi sin colores.

Hoy llueve y ya es de noche.

Llueve todas las semanas y las hojas de los árboles ya casi han caído todas.

La rutina diaria se apodera y el calor de casa atrae y embelesa. No apetece salir.

Sin embargo, cuando entre las nubes se filtra un poco de sol, la luz es bella. Esa luz otoñal brillante pero sombría, poco duradera. Con su color ocre envejecido, señal de que estamos en los últimos meses del año y de que, tras el otoño, el día empieza a alargar otra vez y la vida, que parece dormida bajo la nieve del invierno, empieza a abrirse paso bajo la luz de un nuevo año.

Apetece coger aire y meterse en la madriguera hasta la primavera. Pero no. No hay que perderse este otoño perfecto: lluvioso, frío, oscuro. Como tiene que ser el otoño.