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Antes de que se me pase agosto

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Que no tenga tiempo de escribir ni de leer no significa que esté muy ocupada, sólo que el tiempo ahora lo ocupo en otros asuntos como mirar al limbo o rascarme el ombligo que para eso es tiempo mío. Pero no quisiera dejar pasar otro mes sin recordarme a mí misma que antes escribía y sacaba tiempo para hacerlo.  Porque me inspiraba.  Porque pasaban cosas que me inspiraban.  Y porque la inspiración estaba conmigo.  Ahora que no lo está, a ratos, le guiño el ojo para que sepa que estar estoy aunque ella no me haga caso. Así que meto los dedos gordos en las orejas y extiendo las palmas mientras muevo los dedos a la vez que hago una sonora pedorreta sacando la lengua con mi gesto de burla... estoy aquí... lero lero!! a que no me cojes!!

Las Bahías de Montenegro

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¿Quién me hubiera dicho a mí que un día entraría en una Ermita en medio del mar? Te digo yo que nadie.  Pero ahí llegamos, después de un buen rato de autobús surcando curvas y más curvas, recorriendo recodos marinos a las faldas de montañas que debieron ser testigos de sangrientas batallas.  Las Iglesias de San Jorge y Nuestra Señora de las Rocas se encuentran en el centro de la Bahía de Perast y están alzadas sobre un islote natural y otro fabricado por los pescadores que antiguamente veneraron supremamente a la Virgen y yo se lo agradezco porque aunque no sea yo muy religiosa, he de admitir y admito que sendas construcciones resultan bellas y decorativas en este rincón adriático que me hace suspirar por sus cumbres bañadas de mar. Continuando por las faldas de estos montes que conceden aspecto de fiordo al lugar, nos llegamos a Kotor.  Una ciudad medieval prima hermana del Dubrovnik que nos espera de regreso al atardecer de esos que una sólo se encuentra en los vi...

Los tejados de Dubrovnik

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Y luego me quejo de que se me va el mayo cuando lo  cierto es que me lo he comido a medias con Bonito que me acompañó a callejear por esta ínfima ciudad mediterránea que, hoy en paz, acaba de sobrevivir a una de las peores guerras del siglo pasado que se extendió incluso a principios de este. Esta es la manera de conocer Dubrovnik.  Subir y bajar las escaleras salpicadas de faroles que hacen la veces de carteles y callejear sus callejones salpicados de plazas grandes y pequeñas atesorando rincones que invitan a detenerse y escuchar. Y luego el atardecer.  De esos de disfrutar en la calle y sobre ella.  Respirar aire marino.  Observar las aves contrastar sobre los azules de mar y cielo.  Dejarse seducir por los tejados naranjas coquetos como nadie... Lo mejor de Dubrovnic: sus tejados naranjas en perfecta combinación con el azul del planeta.

Otro mayo cualquiera

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Y se me escapó el mayo otra vez.  Segunda consecutiva y sin poder recuperarlo oiga, porque mayo es tiempo y el tiempo nunca se recupera: se pierde o se gana, tal cual. El tiempo pasó sin poder (ni querer en realidad) contarlo, pero una aquí sigue.  Cabezona.  Empeñada en escribir aunque sea de vez en cuando y aunque sea poco y mal.  Porque hay cosas que contar y poco tiempo que dedicar, pero las ganas son y siguen. Continuará…

Alegría

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Al acercarme a la cola del súper me sentí molesta pues tenía delante una chica con un carro rebosante y una anciana con pinta de lenta.  Y yo tenía prisa. Llegó el turno de la anciana y la cajera le llamó por su nombre.  Alegría sonreía mientras giraba la cabeza hacia un lado poniendo el oído derecho dirigido a la voz que le sugería el importe a pagar.  Y siguió sonriendo mientras le pedía a la cajera que alguien le acompañara a buscar una cosa que no se acordaba como se llama pero que si la veía, lo sabría.  Y llamaron a otra muchacha que tomó el brazo de Alegría para acompañarla en busca del producto fantasma.  Sonreían ambas mientras se alejaban de la caja donde yo, inevitablemente, había empezado a sonreír olvidando todas las prisas. Gracias Alegría por alegrarme el día.

Montaña y pareja

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Desde que retomé la montaña he parado poco en las consideraciones filosóficas y sociales de la práctica de esta bella afición.  Pero hoy, leyendo un post en un blog de montaña, se me ha ocurrido pensar en la influencia que ejerce nuestro apetito de alturas sobre nuestras vidas sociales y especialmente nuestras vidas de pareja. Pienso en la cantidad de amigos y compañeros de monte que realizan su actividad carentes de pareja: unos porque no la tienen y otros porque no comparten la afición con sus novias/mujeres.  Y pienso también en lo que supone para esas mujeres el quedarse, fin de semana si y fin de semana también, solas en casa con o sin prole.  Supongo que en la mayoría de los casos se trata de un pacto conocido y aceptado pues es bien cierto que las personas que gustamos de la montaña somos auténticos adictos difíciles de desenganchar y la montaña viene con nosotros como en un pack inseparable de esos del mercadona. Siempre pienso en los casos de las muj...

Desbarrada de una tarde de primavera

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Camino pensando en lo poco que escribo últimamente y sin darme cuenta paso por la puerta de mi anterior casa.  Miro hacia mi antiguo balcón mientras me suelto el foulard y me abro la gabardina que hace sol de tormenta y no quiero que me baje la tensión. Este fue el último lugar que, aparte del paterno, recuerdo como hogar.  Las habitaciones limpias.  Mi cocina.  Mi cama.  Mi baño.  Ahora son otros que no son solo míos y, mientras pienso esto, me doy cuenta de la de tiempo que llevo sin percatarme de cuánto han cambiado las cosas. Con qué facilidad nos olvidamos de lo que nos ha costado conseguir lo que queremos. Que poco recordamos los deseos cuando ya los hemos cumplido. Y lo que es peor ¡que desagradecida es la memoria!.