lunes, 26 de octubre de 2009

SOÑÉ CON JORDANIA II

Utilizamos nuestro único día sin horario ni programa para darnos una larga y productiva vuelta por la ciudad blanca de Ammán. Digo blanca porque ese es el color de todos sus edificios.

Al principio se asentaba sobre siete colinas que ahora son, por lo menos, nueve. Allí, sus casi dos millones de habitantes disfrutan de una ciudad que se mueve muy rápidamente, tanto que ni siquiera tienen tiempo de pintar pasos de cebra o colocar semáforos. Así, las bocinas de los coches son el sonido habitual y lo de cruzar las calles se convierte en un auténtico deporte de riesgo.

Cogimos un taxi en la misma calle de nuestro hotel (de cuatro estrellas venidas a menos) para dirigirnos a la mezquita azul. Elegimos esta pues nos dijeron que era la única que se podía visitar. Una vez allí y tras taparme de cabeza a pies, descubrí que tampoco era para tanto la cosa. Lo curioso era que está situada al lado mismo de una iglesia cristiana ortodoxa, al menos así nos creímos sólo un poco lo de que la constitución jordana es laica.


Con otro taxi (por cierto, son muy baratos) nos dirigimos al centro en busca del Teatro Romano que resulta espectacular y alrededor del cual se desarrolla muy buena parte de la actividad comercial de la ciudad. Recorrimos las calles cercanas hasta encontrar un café donde yo pudiera entrar, tuvimos suerte y, aunque el local dejaba mucho que desear, pudimos saborear un delicioso té aderezado con unas cuantas caladas de una pipa de narguile (no asustarse, no es droga, sólo es una pipa de agua con sabor a frutas) con la suerte de que el propietario del lugar hablaba muy bien el español y se sentó con nosotros para darnos algunas instrucciones sobre cómo cruzar calles o cómo se divierte la juventud jordana.


Tras este merecido descanso emprendimos la búsqueda de alguno de los restaurantes que recomendaba nuestra guía “lonely planet” para comer. Y lo encontramos. Leer la carta fue tarea imposible y entender al camarero hablando jordan-english-chapurreau difícil pero posible. Así que dije sí a casi todo, lo cual tuvo como final feliz un delicioso menú compuesto de mensaf (cordero o pollo asado en su jugo servido sobre arroz aromático, con salsa de yogur caliente) y postres típicos como helado de pistacho o unos pastelitos hiper-dulces sólo recomendables a los muy lamineros como yo.

El turismo en Jordania está en auge y lo demuestra la calidez con que te acogen sus gentes. No les importa que entres a sus tiendas y les revuelvas medio escaparate para no llevarte nada. Son amables y cordiales. Les encanta hablar con los turistas y, si te paras un rato, te cuentan media vida. Gracias a ello, pasamos el resto de la tarde paseando por las tiendas y aprovechando para aprovisionarnos de los típicos regalitos que llevar a la familia y amigos cercanos. Resultó la mar de divertido regatear igual por unos pendientes de plata que por un imán para la nevera que al final me salió “por la cara”.

Continuará...

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