viernes, 22 de octubre de 2010

CAMINANDO DE PUNTILLAS


Me levanté con el bolsillo lleno pero con complejo de hermanastra y así, dediqué largo tiempo a probar zapatos que no me cabían, por más promesa que me hubiese hecho de no regresar a mi morada hasta estar bien calzada.

Admití finalmente mi condición de cisne, aún sabiendo que las tallas de calzado están más bien hechas para patitos y sólo cuando entendí (despistada de mí) que mi cuento era el de Cenicienta y que esta vez tenía el papel principal, encontré un par de tacones que abrazaron encantados mis pies cansados.

Y así, descubrí el por qué de los juanetes de las abuelas: Caminar de puntillas no es bueno para las garrillas.

Cosas de mujercillas.

2 comentarios:

Rebeca dijo...

Adoro los zapatos de tacón pero también a mí me han destrozado un pelín los pies, suerte la tuya que eres alta, yo tengo que engañar un poquito.

PENSADORA dijo...

Bueno, yo aún conservo los pies sanos y salvos porque me cuesta mucho encontrar zapatos de tacón de mi número y porque con lo de la altura siempre me he cortado un poco. Pero este año es casi lo único que encuentro en las zapaterías así que he de morir al palo y resignarme a sufrir un poquito. ¡jo! mis pobres piececillos.