viernes, 5 de marzo de 2010

NOSOTRAS Y NUESTRAS MADRES

Las diferencias generacionales son un factor decisivo para muchas mujeres de mi edad. Aún con todo, no podemos evitar buscar el calor de las alas maternas cuando las cosas van mal por la zona intercostal.

El hecho de que nuestras madres siempre hayan estado allí para nosotras y que, además, hayan podido mantener relaciones de pareja lo suficientemente estables como para habernos concebido, las convierte en un principio en grandes consejeras, pero son muchas las veces en que no nos damos cuenta que desde que ellas se enamoraron hasta nuestros días hay un salto generacional y evolutivo humano más que considerable. Más todavía en un país como el nuestro, donde la dictadura y la iglesia extendieron sus valores de una manera tan férrea.

Nuestras madres tenían miedo a todo, eran víctimas. Para ellas, todo dependía del hombre del que se enamoraran y una vez llegadas a ese estado, su manera de ganarse el corazón y el respeto de sus enamorados era “hacerse respetar” y demostrar su pureza y valor doméstico por encima de cualquier cosa incluidos sus propios y verdaderos deseos, valores impuestos por la época en que vivían.

Sin embargo, nosotras, hemos sido criadas bajo esos mismos valores en un mundo para el cual ya no son válidos y, a pesar de la gran evolución que han desarrollado muchas de nuestras progenitoras, sus consejos siguen basándose en el miedo y el victimismo sin considerar que, aunque aún falta mucho por hacer, nosotras ya no tenemos por qué tener miedo y mucho menos dejarnos pasar por víctimas de nadie. Somos un elemento componente más de nuestra sociedad, con poder de decisión y, por tanto, poder para respetarnos a nosotras mismas bajo los criterios que nosotras mismas elijamos, por duro que todavía pueda resultar.

No se trata de desoír los consejos bien intencionados de nuestras madres, si no de aprender a entendernos a nosotras mismas y el mundo en que vivimos. Hoy en día lo fundamental es la propia creencia, el reconocimiento del yo, el saber quién se es, qué se desea realmente para una misma y actuar en consecuencia. A partir de allí, los resultados pueden ser múltiples: agradables o desagradables, deseados o no, pero orientados hacia el respeto personal, hacia la seguridad de que sabemos lo que queremos y no damos señales equívocas sobre nuestra propia realidad.

Palabra de pensadora.

2 comentarios:

alfonso dijo...

bonita reflexion, y con mucha razon,para ellas sus consejos son siempre los mejores

Anónimo dijo...

jejeje.
Electra