miércoles, 10 de diciembre de 2008

EN EL PRE-PIRINEO, TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A AINIELLE

09:00 de la mañana. Salgo rauda de mi portal para encontrar a mis compañeros de camino esperando ya en el coche, ansiosos de una larga jornada de montaña y nieve. Llego tarde, como siempre y tras recibir la merecida charla de “si quedamos a menos cuarto, es por algo” emprendemos camino hacia el pirineo, donde, se supone, nos espera el pico Peyreguet.

10:00 de la mañana. A la altura de Biescas, nos encontramos con un monumental atasco de coches que damos por sentado se debe a la proximidad de las pistas de esquí. Hacemos un cálculo rápido: si decidimos seguir por ese camino no culminaremos el pico a tiempo, mejor renunciar y aceptar que deberíamos haber madrugado más. Decidimos pensar una excursión alternativa y se me enciende la bombilla: “chicos, ¿habéis estado en Ainielle?”.


Cuando, hace mucho más de diez años, el que era mi novio me recomendó la lectura de “La lluvia amarilla” de Julio Llamazares no imaginaba la devoción que despertaría en mí la visita del pueblo de Ainielle donde están ubicados los acontecimientos del libro.

Visitar Ainielle siempre resulta hermoso. Si has leído u oído hablar del libro, más. El camino que lleva desde Oliván hasta allí es cómodo y no muy largo (unas dos horas). Cuando empiezas a divisar lo que debieron ser los campos de labranza y casi como una aparición, a través del bosque, divisas la derruida torre de la iglesia, no se puede evitar pensar que un día todo aquello estaba vivo, que allí se sucedieron vidas e historias que jamás conocerás, pero que de seguro, serían dignas de llenar no sólo un pequeño libro, sino varios.

Las visitas a pueblos abandonados de la Sierra de Guara o el pre-pirineo siempre son un éxito. Porque, además de hacer un poquito de ejercicio, se pueden contemplar paisajes de lo más fotogénicos, como el verde de los campos combinado con el gris de la piedra que compone las construcciones abandonadas, dando un toque misterioso y bucólico a la estampa de entrada de cada uno de los pueblos que hoy nos gritan que no quieren ser olvidados.

6 comentarios:

Rebeca dijo...

ooooooooooooohhhhhhhhh! Qué bonito! que envidia me has dado! lo único que me sobra es el frío! pero me encantan los pueblos olvidados que cuando los recorres todavía tienes cosas que contar.

Horrach dijo...

Tiene que marcar mucho, en el caso de Julio Llamazares, haber nacido en un pueblo que ya no existe, sepultado por las aguas de una presa. Debe dar carácter esa condición desarraigada.

saludos

Duncan de Gross dijo...

Precioso, lo único que no aguantaría es el frío, viene de familia, tú ponme en Sevilla, Córdoba o Badajoz a 45 grados en Agosto y no me quejaré, pero lo que es el frío y la nieve, uff, mi alma que mal lo llevo....

El Pez Martillo dijo...

Me gustan mucho estos sitios abandonados, supongo que por la extrañeza que provoca el ver algo que debería estar lleno de vida totalmente vacío. Incluso llegan a dar miedo, porque esa placidez es extraña, y se espera que en cualquier momento aparezca algo o alguien...

alfonso dijo...

¿por que nos das envidia de esa manera?
¿no te das cuenta que querriamos estar en esa excursion?
espero que lo pasaras muy bien(por lo que cuentas parece que si)
un saludo

PENSADORA dijo...

Lo siento, me gusta daros envidia... ¡es lo que hay! jejeje!

Saludos a tod@s!